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viernes, 5 de febrero de 2010

Jóvenes, La Familia No se Improvisa


Armando ha escrito:

Padre Pedro: últimamente me he sentido muy alejado de Dios y sé que es por mi culpa. Hace poco más de 3 meses nos enteramos, mi novia y yo, que estábamos esperando un bebé. Imagine mi susto; sin embargo le dije a mi novia: "tranquila, todo estará bien; cásate conmigo, yo te amo”. Decidimos casarnos, mi situación económica mejoró, conseguí un mejor empleo, todo iba muy bien.

"Voy a ser papá", decía, ¡Qué felicidad! Me imaginaba jugando con mi precioso bebé al lado de mi linda esposa. Pero luego recibí la peor llamada de mi vida: ella tuvo una pérdida; nunca podré ver a mi hijo. Desde entonces no sé vivir y le pido a Dios todos los días me de fuerza para no sentir ya tanta culpa y tanta pena en mi alma.

Con mi novia las cosas fueron cambiando; traté de corazón enfrentar la situación y brindarle apoyo verdadero, pero fue muy difícil. Ella no quería nada de mí. Me hacía sentir culpable de esta situación tan mala y ya no pude más. Decidimos dejar todo y cada quien buscar su camino.

A pesar de todo yo la amo y me cuesta entender que ella no esta dispuesta, como yo, a asumir el compromiso matrimonial; no dejo de pensar que podríamos pedirle al Señor otro hijo, que venga sano. Hasta hoy no encuentro salida, llevo tanta tristeza que no sé qué hacer. Ayúdeme Padre Pedro. Gracias.

Querido joven, quiero iniciar contándote que estoy contigo desde que me has escrito: estoy orando por ti.

Quizá no todo lo que te diga sea ligero, puesto que te hablaré con claridad, no diré lo que quieras escuchar sino lo que debo decirte, por supuesto, por tu bien.

Fíjate lo importante que es asumir con responsabilidad las consecuencias de nuestros actos; has sido responsable, en cuanto que has asumido tu paternidad, lo has hecho bien. Sin embargo, lo ideal es que tú y tu novia hubiesen vivido su sexualidad con mayor madurez y seriedad, que se hubiesen detenido a pensar las posibles consecuencias de sus actos; te digo esto porque ha sido el origen de toda esta difícil situación que, tú sabes, pudo evitarse. Esperemos que muchos jóvenes, que ahora leen, así lo entiendan: Es muy importante, muchachos y muchachas, no actuar a la ligera, pensar antes de obrar.

Querido Armando, jóvenes todos, la familia no se improvisa. Recuerdo ahora aquella popular oración por las familias del Padre Zezinho: “que ninguna familia comience en cualquier de repente”. No debe ser el embarazo el que siembre en nuestras mentes la idea del matrimonio; es el matrimonio (al que se debe llegar después de un noviazgo bien vivido, con madurez, con seriedad y con responsabilidad; al que debe llegarse después de una clara elección de vida que pretenda fundar una comunidad de amor, una familia) el que debe generar a los hijos.

En este punto les diré: no todo noviazgo debe necesariamente coronarse con el matrimonio; es decir, si el noviazgo es un tiempo de conocimiento mutuo y usted descubre que el otro no es la persona con la que vivirá unido para siempre, pues lo mejor es que cada quien tome su camino. Armando, aquí debes ser fuerte. Por duro que parezca, terminar ese noviazgo quizá ha sido una sabia decisión.

Jóvenes, ustedes que desean entregarse a plenitud solamente a aquel o aquella a quien amarán para siempre, atentos: su novio o novia actual, no será necesariamente su esposo o esposa.

Armando, esta experiencia debe aleccionarte: no todo está perdido. Reinicia tu vida con ánimo decidido y haz bien las cosas “desde el principio”. Construye un proyecto de vida a pesar de tu dolor: ¡levántate! Estoy convencido que, con recta intención, el Señor te concederá ser un papá de probada virtud.

Y ustedes jóvenes, no se apresuren, no se adelanten a vivir “como esposos” antes del matrimonio. Recuerden que “el amor es paciente” (1Cor 13,4)

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